Por Eduardo Avalos González

Hace unos días recibí una llamada que, en apariencia, parecía rutinaria: “buenos días, tenemos una entrega pendiente y necesitamos confirmar un código”. Nada fuera de lo común… hasta que la conversación avanzó. En menos de treinta segundos quedó claro que no se trataba de una paquetería, sino de un intento directo de hackeo a mi cuenta de WhatsApp.

El modus operandi fue simple y peligroso: el interlocutor pidió un “código de entrega”, un número de seis dígitos que, en realidad, es el código de verificación que WhatsApp envía cuando alguien intenta registrar tu cuenta en otro dispositivo. Si lo compartes, pierdes el control de tu cuenta en segundos, y con ella tu identidad digital.

Comparto esto porque no es un hecho aislado, ni un evento excepcional. Hoy cualquier persona —sin importar profesión, edad o nivel de conocimiento tecnológico— puede convertirse en víctima de fraudes digitales, extorsiones telefónicas o intentos de robo de identidad.

Las modalidades son muchas y crecen todos los días: falsas paqueterías, supuestos agentes de soporte técnico, premios inexistentes, depósitos “detenidos”, mensajes de familiares en “emergencia”, enlaces apócrifos o llamadas que buscan generar miedo, presión o confusión.

Todas tienen un objetivo común: obtener datos, robar cuentas y después extorsionar o suplantar identidades

Como sociedad, y especialmente desde el ámbito jurídico, necesitamos crear una cultura de prevención. No basta con “tener cuidado”; debemos verificar, cuestionar, desconfiar y reportar. La educación digital ya no es opcional: es una herramienta de protección.

Recomendaciones básicas que todos debemos recordar:

  • No compartas códigos de verificación jamás.
  • WhatsApp, bancos y plataformas no llaman para pedir datos.
  • Desconfía de cualquier llamada que presione decisiones rápidas.
  • Activa la verificación en dos pasos en tus cuentas.
  • No abras enlaces que no solicitaste.
  • Si sucede, reporta la línea y avisa a tus contactos.

Lo que me pasó a mí le puede pasar a cualquiera. La diferencia entre ser víctima o no radica, muchas veces, en segundos… y en saber reconocer estas señales. Mantenernos informados, compartir experiencias y promover la prevención puede evitar que más personas formen parte de esta estadística creciente.

En un mundo donde la tecnología avanza más rápido que la cultura de seguridad, conviene recordar algo sencillo pero fundamental:la primera línea de defensa siempre somos nosotros mismos.

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