Con la llegada de los nuevos jueces, algo que parecía imposible empieza a suceder: los expedientes ya no se pierden entre archiveros, las audiencias se celebran en tiempo y las sentencias comienzan a avanzar. La ciudadanía lo está viendo y lo está comentando: la justicia se mueve.

Pero no todos están contentos. Entre el personal judicial ya se escuchan las quejas porque ahora sí los están poniendo a trabajar, los bajaron de su tabique y les recuerdan que su sueldo viene del erario público, es decir, del bolsillo de los ciudadanos que esperan resultados y no excusas.

Durante años, muchos se acostumbraron al rezago, a la rutina cómoda y a que la palabra “urgencia” no existiera en los tribunales. Hoy las cosas cambian: ya no basta con firmar papeles o dejar que los asuntos se acumulen, ahora se exige trabajo real y de frente a la sociedad.

El reto no es menor: mantener el ritmo, sostener el orden y demostrar que la justicia sí puede ser cercana y eficaz. Lo cierto es que el cambio ya se siente, aunque incomode a quienes prefieren la inercia. Y lo que viene será decisivo: que el Poder Judicial de verdad se ponga al servicio de la gente y no del confort de unos cuantos.